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“La gloria literaria gracias a los demonios familiares y a los secretos íntimos”

Artigo publicado no caderno de cultura de El País e generosamente enviado por Jorge Fernandes da Silveira:

Cada escritor tiene un campo en cuyas tierras ha enterrado sus secretos más oscuros y preciados que no cesan de refulgir en las noches como guacas, como enterramientos indígenas que ellos saquean a su antojo. La gran literatura suele estar enraizada en crímenes artísticos, estar levantada sobre desdichas propias y ajenas.

¡Benditas infelicidades! ¡Benditos guaqueros!

Uno de esos guaqueros es Colm Tóibín, escritor irlandés hoy convertido en explorador de guacas ajenas. Ha rastreado los campos de los demonios tutelares de 20 grandes autores y puesto sus tesoros a los ojos de todos en Nuevas maneras de matar a tu madre (Lumen). Cuatrocientas y un páginas con joyas secretas de toda índole: incestos, traiciones, duelos sentimentales y económicos, envidias, amores frustrados o vanidades diversas, cuyos fulgores suelen ser de tres clases: poder, reconocimiento y sexualidad. “Las obras de los genios surgen de fuentes insólitas”, afirma el autor de títulos como Crónica de la noche, El faro de Blackwater, El maestro y Brooklyn. El escritor desvela cómo conflictos con la madre, el padre u otros miembros de la familia influyen en la decisión de alguien a la hora de convertirse en escritor.

Hoy es un día de guacas. Hoy el recorrido es por los campos sagrados, de sagrados secretos de Jane Austen, Henry James, W. B. Yeats, Thomas Mann, Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Tennessee Williams, John Cheever o V. S Naipaul. El libro es un asomo a la vida y a sus semillas de autores. “Ellos son como todos nosotros. Son una muestra pequeña de cualquier familia”, aclara Tóibín, profesor de la Universidad de Columbia. Todo a través de diarios, cartas, autobiografías y biografías que conforman una especie de predio literario de El jardín de las delicias, de El Bosco.

El joven Jorge Luis Borges junto a su madre Leonor, su padre y su hermana. / EL PAÍS

Tóibín arroja luz sobre la humanidad de los autores y ayuda a entender mejor sus obras. Narra vidas, conecta lazos, escarba y encuentra semillas, se asoma al origen del big bang de algunos maestros. Muestra la necesidad que tienen ellos de dar forma a sus verdades sobre el mundo.

¡Benditas infelicidades! ¡Benditos guaqueros!

De las tías a la soledad

Lo primero que surge en el libro es que las madres fueron prácticamente desaparecidas en las novelas de los siglos XVIII y XIX. James y Austen son dos de los autores que más desconfían de ellas en la ficción, y en su reemplazo pusieron a las tías, incluso en el papel de malas y/o como guías de los protagonistas-héroes o heroinas que debían enfrentarse al mundo y conquistar libertades. Un personaje sustituido, hasta hoy, por la soledad del individuo y su mundo interior, porque, según Tóibín, “estar solo es fundamental, al igual que sentirse solo en un grupo. La mitad de tu vida eres un solitario, hay una mitad en sombra, no necesitas a nadie que te guíe porque ya eres libre, las novelas contemporáneas hablan de la conquista de sí mismo”.

Madres para olvidar

Si la madre de Borges podría ser el prototipo de mujer controladora, las de J. M. Synge y Samuel Beckett eran conflictivas y su semilla está esparcida en sus obras porque ellos las utilizaron como fuente de material creativo. Pero hay una decisiva en lo personal y creativo: May Roe, la madre de Beckett. El Nobel irlandés tenía, según Tóibín, “un problema, simple y nada fácil de resolver: consistía en cómo vivir, qué hacer y quién ser”. Llegó a tener dos psicoanalistas que visitaba hasta tres veces por semana, en busca del origen de todas sus sombras. En una carta escribió: “con un dolor específico acudí a Geoffrey, y luego a Bion, para averiguar ‘el temor y el dolor específicos’, los síntomas menos importantes de una enfermedad que se inició en una época que no podía recordar, en mi ‘prehistoria’. Beckett sabe dónde está el origen de todo y lo plasma en otra carta de 1937, cuando su madre lo dejó solo en la casa familiar: “Y no podría desearle nada mejor que la posibilidad de sentir lo mismo cuando no estoy. (…) soy lo que su amor salvaje ha hecho de mí, y está bien que uno de los dos lo acepte por fin. (…) Sencillamente no quiero verla ni escribirle ni saber de ella.”

Padres para retar

Varios escritores surgen o se hacen fuertes gracias al duelo sostenido con sus padres que un día quisieron ser escritores pero fracasaron. Es el caso de lo vivido por Henry James, Borges, Yeats y Naipaul. Un duelo soterrado. Padres que nunca acababan las cosas que empezaban, y, tal vez, aventura Tóibín, precisamente eso es lo que llevó a que sus hijos fueran perfeccionistas.

Si los hermanos James, Henry y William, cometieron el parricidio literario enmascarado de generosidad permitiendo la publicación del libro de su padre que no valía nada, el protagonizado por los Yeats es de novela:

En una carta John, el padre, le dice a su hijo William Butler: “Nunca eres más feliz ni son más oportunas tus palabras que cuando en la conversación describes la vida y haces comentarios sobre ella. Pero cuando escribes poesía es como si te pusieras el frac, por así decirlo, y te obcecaras y olvidaras qué resulta vulgar en un hombre con frac. Estoy seguro que algún día escribirás una obra sobre la vida real donde la poesía será la inspiración”. Luego le pedía opinión a su hijo, ya famoso, sobre un libro suyo, a lo que este respondía con silencio e indiferencia. Y, poco a poco, se produce el asesinato más humillante: “El anciano es como un niño, todo inocencia con su orgullo y su esperanza, y el hijo se muestra distante, endiosado y todopoderoso, dispuesto a ignorar, criticar y machacar discretamente. El hijo es frío y despiadado; el anciano está desesperado por que lo asesinen. Es como si Edipo, Herodes y alguna tercera fuerza salida del oscuro laboratorio de Freud se hubiesen unido”.

William Butler Yeats y su mujer. / EL PAÍS

Cómo malograr a la familia

Ser insensibles con los tuyos para crear sensibilidad en las obras. Esa parece ser la premisa de algunos autores, quienes utilizan la vida de sus familias como fuente y material de inspiración. “A veces”, reconoce Tóibín, “ser escritor es como ser un niño con un lápiz. Juegas con fuego, con la vida de otros, pero más importante porque lo haces con los sueños de tu vida. El proceso es lento, los autores no son malos ni buscan hacer daño adrede, pero si conocen o descubren un secreto familiar que les pueda servir para la obra eso es como el diablo”. Lo utilizan en función de crear una obra, de crear belleza.

Eso lo han hecho casi todos. Pero él habla aquí de Tennessee Williams, J. M Synge o de John Cheever, que muestra su vida emocional cotidiana porque “su obra es la sombra de su vida, o con más vida, destilada, y malogra a su familia”.

Aunque el ejemplo por antonomasia es el de la familia Mann. Un ecosistema único en el cual convergen múltiples tipos de familias: el padre, Thomas, poderoso dentro de la casa y admirado fuera y con un secreto inspirador para su obra: su homosexualidad; la madre, Katia, que quiere rodearlo todo pero bajo la sombra del marido; la hija mayor, Erika, favorita del padre (veló por él sus últimos años), escritora, homosexual; el segundo hijo, Klaus, el favorito de mamá y quien despertó en el padre una atracción sexual, se haría escritor con obras clave como Mephisto, aunque sin llegar a eclipsar al padre, muy unido a su hermana Erika a quienes se acuso de incesto, y que al final se suicidó; luego están Golo (homosexual), Monika y Michael, que también se suicidó. Son solo hebras de luz en una familia de miembros muy talentosos, pero como recuerda Tóibín, citando un pasaje de Muerte en Venecia, de Thomas Mann: “Es, sin duda, positivo que el mundo solo conozca la obra bella y no sus orígenes”.

Desveladas o no las semillas que forjan a un autor, con sus diversas sombras, demonios y traumas, los escritores, en el fondo, quieren que se sepa todo, de lo contrario, dice el escritor irlandés, no dejarían los diarios o cartas al alcance de sus familiares.

Escondan las guacas lo que sea, con sus enterramientos de los tesoros más oscuros, secretos y preciados de dolores familiares, y escondan sus fulgores los verdaderos motivos de los escritores, para Tóibín, “la imaginación es más grande que la familia y el mundo, porque los genios ven lo que los demás no vemos”.

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“Cicero, poeta do tempo”, por José Castello

Matéria de José Castello sobre o poeta, letrista e filósofo Antonio Cicero. Foi publicada no Valor Econômico de 18 de janeiro de 2013 [via Elizama Almeida]:

Nossa vida cotidiana tornou-se quase inteiramente regida por princípios utilitários, pragmáticos, instrumentais, lamenta o poeta e filósofo carioca Antonio Cicero, de 67 anos. “Sempre foi assim, porém hoje as novas tecnologias eletrônicas potencializaram essa subordinação da vida ao princípio do desempenho.” Ele reconhece que elas mudaram a vida de todos nós, que houve um avanço e uma transformação. Mas isso será apenas bom? “Ao invés de economizarem nosso tempo, as novas tecnologias o consomem.” A tecnologia do século XXI devora o tempo. Devora o próprio século XXI. Resta-nos pouco tempo para meditar e contemplar. Para viver.

Para escapar dessa armadilha, Cicero – que no dia 11 se inscreveu para concorrer à vaga deixada pelo poeta Ledo Ivo na Academia Brasileira de Letras – se impõe certas regras pessoais, que segue com abnegação. Só consulta seus e-mails duas vezes por dia. Acessa a internet, na maior parte das vezes, apenas para fazer pesquisas, usando-a, assim, como uma antiga enciclopédia. Mantém um blog, chamado Acontecimentos (antoniocicero.blogspot.com.br), mas só o alimenta, com textos seus ou alheios, a cada dois dias. Também não participa das redes sociais, como o Facebook e o Twitter. Mesmo o celular, só o utiliza no caso de emergências, embora nele carregue também alguns dicionários e outros textos, de que eventualmente se vale. “Para mim, é imprescindível ter tempo”, diz.

No mundo instrumentalizado e pragmático em que vivemos, ele admite, “é grande o pessimismo com que muitos consideram as artes tradicionais e, em particular, a poesia”. Nosso mundo é veloz, obcecado por índices e resultados, quer as coisas sempre “para ontem”. Tem como ideal, portanto, devorar o tempo, não usufruí-lo. “As artes tradicionais têm perdido sentido na medida em que deixaram de corresponder à exaltação contemporânea da atividade veloz, multifuncional, polivalente.” Ninguém pode ler poesia, Cicero lembra, como quem lê um e-mail ou uma bula. A poesia não se lê apressadamente, mas, ao contrário, exige lentidão e entrega, paciência e concentração, devaneio e tempo. A poesia exige de seu leitor uma entrega absoluta. “Para ler poesia, o leitor deve entregar-se incondicionalmente, por um tempo determinado, aos caprichos semânticos, sintáticos, sonoros do poema.” Mais uma vez: a leitura da poesia exige tempo. Dizendo de outra forma: a matéria da poesia é o próprio tempo.

O mais grave: essa entrega incondicional não oferece ao leitor garantia alguma de que ele terá, ao fim da leitura, um resultado palpável. A verdade é que não o terá. Em consequência, lembra Cicero, para a maioria das pessoas a poesia guarda um aspecto anacrônico. Extemporâneo, intempestivo, inoportuno. A poesia parece estar “fora do tempo” quando, ao contrário, ela é, por excelência, o lugar do tempo. Avisa Cicero, desde logo, que não partilha desse pessimismo em relação à poesia e às artes. “Ao contrário, penso que, ao abrir para o leitor uma dimensão do ser oposta à utilitária, pragmática, instrumental, uma dimensão do tempo que não é regida pelo princípio do desempenho, a literatura lhe oferece a possibilidade de um enorme enriquecimento vital.” A poesia é um sopro que nos desperta. Mas é também uma brisa lenta e sutil, que exige paciência e serenidade. Quem chega a ela, porém, se vitaliza.

Assim é Antonio Cicero em pleno terceiro milênio: um homem que, justamente porque tem como matéria o tempo, está, de certo modo, fora do tempo ou, pelo menos, contra o momentâneo. Sim: é preciso aqui distinguir tempo e instante. O tempo é um fio, o instante é um corte. O tempo é uma longa estrada, o instante um semáforo que nos leva a parar para, logo depois, partir em disparada. Precisamos reaprender a respirar. Tudo isso vem… com o tempo! O pai de Cicero tinha uma grande biblioteca. Desde adolescente, ele pôde ler muito. Os portugueses, os russos, os franceses, os ingleses, os alemães, os italianos. Admite: “Hoje leio muito pouca ficção”. Hoje lê, sobretudo, poesia e ensaio. Poesia e filosofia. “Acho que é uma questão de administração do tempo. Escrever sobre filosofia exige de mim um bom tempo de leitura, estudo e reflexão.” Outra vez, e mais uma vez, o tempo, que deve ser curtido, alongado, prorrogado – isso em um século regido pelo culto ao instantâneo e ao “tempo real”, que nada mais é que uma lasca do tempo, uma sucessão louca de fatias muito finas. E nos entulhamos dessas fatias finas e avulsas e ao fim (do tempo) estamos intoxicados, sem poder dizer o que engolimos. Não é assim nosso século?

Cicero lê também, é claro, muita poesia. E é a leitura da poesia, como em um círculo mágico, que o leva a escrever poesia. Que o empurra de volta a ela. Em seu livro mais recente, “Porventura” (Record), no poema “Auden e Yeats”, como se estivesse dialogando com o poeta irlandês William B. Yeats (1865-1939), ele escreve: “possa a leitura da tua/ poesia, pura Musa,/ inspirar a minha arte”. Outra vez a respiração. Mais uma vez o tempo, com seu ritmo mais natural, o inspirar e expirar. “A grande poesia, como a de Yeats, funciona para mim como uma Musa, que me impele a escrever.” Logo: a poesia não é soprada desde fora, pelas filhas de Zeus, deusas distantes da Grécia antiga. É na própria poesia que a Musa habita. A poesia é a Musa da poesia, nos leva Cicero a pensar.

Entre todos os poetas, ele diz ainda, aquele com quem continua mais a aprender é Horácio (65 a.C.-8 a.C.), o poeta e filósofo da Roma antiga. “Cada vez que releio um de seus poemas, maravilho-me como se estivesse lendo pela primeira vez.” Surpreende-se, sobretudo, com o modo como, nos poemas de Horácio, cada palavra modifica e é modificada pelas demais. Como se o poema estivesse vivo. (E não está?) Com seu olhar exigente, Antonio Cicero – embora leia os poetas brasileiros contemporâneos – acredita que a melhor poesia brasileira foi produzida no século XX. “Sobretudo a partir do modernismo.” Pensa em Bandeira, Drummond, Cabral, Murilo Mendes, Cecília Meireles, poetas que constituem uma base muito forte para a poesia contemporânea. “E penso que há poetas contemporâneos que fazem jus a essa tradição.” Discreto, prefere não citar nomes. Quanto a si mesmo, porém, não consegue se situar “em nenhum cenário literário”. E, na verdade, nem faz questão disso. “Parece-me que, para fazê-lo, seria preciso tentar ver-se como que pelos olhos dos outros, e desconfio que quem consegue fazer tal coisa diminui a própria espontaneidade e potência”. Um poeta deve contar apenas com o próprio olhar, ainda que esse olhar, a rigor, seja o da cegueira.

Cicero está cercado de livros. Lista que considera “nada original”: Shakespeare, Hölderlin, Leopardi, Baudelaire, Rilke, Brecht, Yeats, Pessoa, Bandeira, Drummond e tantos outros. “Com eles aprendi que um poema é um objeto de palavras que merece existir por si.” Adverte, porém, que essa afirmação não significa uma adesão ao formalismo. “Não é apenas a forma das palavras que interessa num poema, mas tudo aquilo de que ele é composto, inclusive os significados que ele suportar.” Apesar dessa ressalva, insiste: um poema merece existir por si. “Sua apreciação mobiliza e confunde, isto é, atualiza, num jogo singular, as nossas mais diversas faculdades.” Não apenas o intelecto, mas a imaginação, a razão, a sensibilidade, a sensualidade, a emoção – pensa Cicero – são afetadas pela leitura de um poema. O leitor se agita por inteiro. O poema (uma faca de palavras) o atravessa. A leitura do poema o interroga e transforma.

Ainda na adolescência, recorda-se, descobriu o conselho do russo Vladimir Maiakóvski (1893-1930), considerado o maior poeta do futurismo, que recomendava aos jovens poetas carregarem sempre um caderninho de notas e uma caneta. Até recentemente, cumpriu-o à risca. Depois descobriu que podia usar o telefone celular não tanto como telefone, mas como bloco de notas. “Eu o uso mais para isso, e como dicionário, do que como telefone”.

Também abandonou o papel: hoje escreve já as primeiras versões de seus poemas no computador. Contudo, a sombra do papel permanece inalterável: não consegue ler bem um poema e corrigi-lo, se o conserva na tela do computador. Precisa imprimi-lo: só consegue mexer nele quando o deixa de volta deitado no papel. Depois, retorna ao computador, mais uma vez ao papel, outra ao computador etc., até o dia em que, por fim, dá o poema por terminado. É um processo longo e lento, em que, pouco a pouco, muitas palavras são abandonadas e muitas outras incorporadas, uma longa gestação que exige persistência e paciência. De fato, nos mostra Cicero, não existe poeta impaciente. Pelo menos, não para ele.

A poesia lhe surge de repente e em qualquer lugar. Pode surgir quando já está deitado, quase dormindo ou quase acordando, e nesses casos precisa se levantar correndo e anotá-la ou ela se perderá. “Caso não o faça, ela será, em 99% dos casos, esquecida. As palavras são, como dizia Homero, aladas, e voam para longe.” Nada disso, contudo, o afeta ou cansa. A poesia (mesmo o mais árduo dos poemas) sempre deu a Cicero grande prazer e alegria. Entende assim: “A escrita é uma forma de enfrentar e superar a dor ou o sofrimento”. Nesse caso, enfim, a poesia tem, sim, uma utilidade. Um uso íntimo, pessoal, secreto – que relação alguma estabelece com as vantagens de mercado ou com os objetivos da produção. Cada poema a seu tempo. Cada poeta com seu tempo. Matéria da poesia, o tempo é uma experiência singular e particular. Tempo de cada um, sempre assim.

Cicero prepara, no momento, uma coletânea de ensaios. Ao mesmo tempo, planeja escrever um livro sobre o niilismo. “Tento mostrar que a filosofia radicalmente ambiciosa, que é aquela em que a razão busca a verdade absoluta e universal, inevitavelmente conduz ao niilismo” (do latim “nihil”, isto é, nada). Hoje, apesar de seu apego à poesia, são, sobretudo, as preocupações filosóficas que o movem. Embora considere poesia e filosofia “atividades opostas”, apega-se às duas. Enquanto a filosofia depende de uma argumentação que a sustente, a poesia basta a si mesma. São duas paixões antagônicas que, no entanto, ele não consegue separar.

A preocupação central de Cicero, nos dois casos, é sempre com a passagem do tempo. Depois dos 60 anos de idade, começou a se preocupar cada vez mais – como é natural – com a idade, a velhice e a morte. O tempo, mais uma vez, está no coração do poeta. Em seu último livro, “Porventura”, ele aparece no centro de poemas como “Balanço”, “Palavras Aladas”, “Meio Fio” e “Presente”. Matéria da poesia, o tempo é também, no caso de Cicero, seu objeto. O tempo que, em seu caso, quase chega a ser um sinônimo de poesia.

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O prazer do difícil tem secado…, de Yeats

 

O prazer do difícil tem secado
A seiva em minhas veias. A alegria
Espontânea se foi. O fogo esfria
No coração. Algo mantém cerceado
Meu potro, como se o divino passo
Já não lembrasse o Olimpo, a asa, o espaço,
Sob o chicote, trêmulo, prostrado,
E carregasse pedras. Diabos levem
As peças de sucesso que se escrevem
Com cinquenta montagens e cenários.
O mundo de patifes e de otários
E a guerra cotidiana com seu gado,
Afazer de teatro, afã de gente.
Juro que antes que a aurora se apresente
Eu descubro a cancela e abro o cadeado.

 

Tradução de Augusto de Campos. Do livro Poesia da recusa (Iluminuras)

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