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“Poesía y geografia”, de Antonio Muñoz Molina

Texto de Antonio Muñoz Molina publicado no caderno Babelia:

En aquel austero comedor no estaban aún el televisor y el frigorífico que ocuparían lugares de honor unos años más tarde. Había una ventana enrejada, una mesa camilla, una repisa de obra en un rincón donde estaba la radio, un reloj de péndulo colgado de la pared encalada. El tictac del mecanismo murmuraba en la caja de madera. Los cuartos y las horas resonaban nítidos como golpes de gong. Yo leía sentado en una silla de anea, apoyando los codos en la mesa, arrimado al brasero, abrigándome con las faldillas, en la casa donde reinaba el frío durante los meses de invierno. No había un sillón ni un sofá donde echarse a leer. De noche, los mayores se quedaban dormidos apoyando la cabeza sobre los brazos cruzados. El único sitio para descansar era la cama, y la cama estaba en un dormitorio helado. Cuando yo leía en ella se me quedaban frías las manos. Sostenía el libro con una mano mientras calentaba la otra debajo del embozo.

Leía en el comedor, unas veces rodeado de la familia y otras, las menos, yo solo. Leía y estudiaba, hacía los deberes. Aprendí a aislarme en el barullo que me envolvía casi siempre: conversaciones, juegos de cartas, seriales en la radio, más tarde programas en la televisión, concursos, películas, espectáculos de variedades. Sumergido en el libro lograba un aislamiento perfecto. Cuando estaba solo tenía de fondo los sonidos de la calle y el tictac y los golpes del reloj.

Una mañana, mi abuelo materno me trajo un libro de regalo, Veinte mil leguas de viaje submarino. Conservo de él una memoria perfecta: visual, olfativa, táctil. Era uno de aquellos libros providenciales de la editorial Ramón Sopena que se encontraban hasta en las papelerías más modestas. El papel era malo, la impresión defectuosa. Las portadas se descolgaban o se despegaban muy fácilmente. Pero la editorial Ramón Sopena parecía que publicaba toda la literatura universal, a precios tan bajos que ni siquiera para nosotros eran prohibitivos. En la portada del libro de Verne se veía la silueta negra del Nautilus en las profundidades de un mar verde oscuro. La luz de su faro era un círculo amarillo. Era como estar viendo el cartel de una película, una promesa absoluta de algo, la inminencia de la lectura. Abrí el libro, me acodé sobre la mesa, sentado en la silla rígida, la espalda fría y las rodillas calentadas por las ascuas del brasero. Debía de ser una mañana laboral porque nadie entró en el comedor. Cuando levanté los ojos del libro y miré el reloj en la pared me di cuenta de que habían pasado varias horas, las once, las doce, y yo no había oído los golpes del péndulo.

En ese silencio primordial de las grandes lecturas resplandecieron para mí las novelas de Jules Verne. Lo sentimos tan cercano que se nos hace raro no traducir su nombre de pila. Veinte mil leguas de viaje submarino es su novela perfecta porque resume las dos metáforas centrales no solo de su literatura, sino de cualquier literatura: la inmersión, el viaje. No hay lectura que no requiera una completa inmersión ni historia que de algún modo no trate de un viaje.

De Jules Verne se dice, distraídamente, que fue un precursor de la ciencia-ficción y un visionario de las tecnologías del futuro. Pero las fantasías arbitrarias o alegóricas, a la manera de H. G. Wells, no le interesaban, y sus máquinas voladoras o submarinas unas veces carecían de fundamento y otras, más que futuristas, resultaban anticuadas para las tecnologías de su tiempo. Jules Verne, que de muy joven imitó los dramones románticos de Victor Hugo, cultivó siempre un romanticismo menos de la ciencia en sí que del descubrimiento, un entusiasmo por lo nuevo, por las maravillas tangibles que él mismo estaba viendo irrumpir en la realidad. Nacido en 1828, perteneció a la primera generación que experimentaba el ruido, el humo, la velocidad de los trenes, y luego el prodigio del telégrafo, la navegación a vapor, la fotografía, el teléfono, el fonógrafo, la impresión masiva y barata, gracias a la cual una revista ilustrada podía contener al mismo tiempo el relato de una expedición en busca de las fuentes del Nilo y los grabados que la hacían visible, o la crónica de una exposición universal en la que se mostraban maquinarias prodigiosas y danzas y tocados de los pueblos primitivos descubiertos por los exploradores y sometidos colonialmente por ellos, traídos a la metrópolis en veloces buques de vapor.

Quizá Jules Verne amaba sobre todo los mapas: la geografía era la aventura suprema del conocimiento. Lo cuenta el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón en su último libro, La tierra de Jules Verne, que es una meditación sobre los mundos y los viajes que se contienen en todas esas novelas que él también empezó a leer de niño. La geografía es un saber que linda lo mismo con la literatura que con la ciencia, y que muchas veces se ha mezclado con la ficción, porque ha habido grandes viajeros que han sido también grandes mentirosos, y porque el impulso de la aventura y por tanto de la fábula puede ser más poderoso que el del conocimiento. Por eso atraen tanto a niños fantasiosos que quieren evadirse y quieren comprender, que sienten la misma curiosidad por lo que existe y por lo que no existe.

Leíamos a Verne siguiendo sobre un mapamundi los itinerarios exactos de sus viajeros y calculando sobre el ancho azul del Pacífico la longitud y la latitud de sus islas inventadas. Nuestro sedentarismo forzoso alimentaba la pasión por aquellos viajes que conducían a los límites del mundo, a lo más hondo de las fosas oceánicas, a la órbita de la Luna, al centro de la Tierra, a las distancias del sistema solar. Leyendo a Verne nos seducían por igual, y sin que nos diéramos cuenta, la ciencia y la literatura, el romanticismo de la precisión y la poesía de los nombres: en nuestro mundo de topónimos sabidos y presencias siempre familiares las novelas de Jules Verne nos suministraron catálogos de nombres resplandecientes, nombres de islas reales o ficticias, de ríos, de desiertos, de continentes, de plantas, especies animales, de buques, de personajes que eran más memorables en virtud de los nombres que Verne había elegido para ellos.

Dónde hay en la literatura un personaje que tenga un nombre tan misterioso y definitivo como el Capitán Nemo. Y qué novelista ha inventado títulos que ofrezcan tan tentadoramente lo que nos atrae de la literatura, la promesa de una revelación. Hay títulos y nombres que han estado siempre conmigo, tan fértiles en el recuerdo lejano como en la primera lectura. Muchos otros he vuelto a encontrarlos en el libro de Eduardo Martínez de Pisón. Él no lo dice, pero yo intuyo que gracias a Jules Verne descubrió su vocación de geógrafo. Yo le debo la mía de novelista, y quizá más todavía la vocación de lector. El gusto por el viaje inmóvil, la afición y la destreza para sumergirme muy hondo en las palabras de un libro, en mi silencio de lector submarino al que no llegan los golpes sonoros del reloj.

La tierra de Jules Verne. Geografía y aventura. Eduardo Martínez de Pisón. Fórcola. Madrid, 2014. 440 páginas. 24,50 euros.

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“Um caso de possessão”

Rubem Fon­seca tinha declar­ado que os escritores, naquela mesa do Cor­rentes d’Escritas onde se falava do risco da ficção, eram todos loucos, cada um à sua maneira. “Ele é escon­did­inho, ninguém percebe, mas é louco”, disse o escritor brasileiro, pou­sando a mão no ombro de Eduardo Lourenço. Este regres­sou ao pas­sado para con­tar um episó­dio que ilus­tra essa lou­cura. É a história da escrita do livro Pequena Volta ao Mundo, pub­li­cado em 1961, em edição de autor, por Lúcio de Sousa Dias, um antigo colega do ensaísta no Colé­gio Mil­i­tar. Sabe-se agora que foi Lourenço que o escreveu, a pedido do condis­cípulo, usando postais, fotografias e apon­ta­men­tos que este lhe dera.

João Nuno Alçada, que trata do acervo de Eduardo Lourenço, encon­trou nos caixotes o livro e o respec­tivo man­u­scrito. Em Dezem­bro, o Jor­nal de Letras con­tou a história, e a Ler pub­li­cou depois excer­tos do livro.

“É uma ver­gonha que assumo: escrevi, por amizade e por um pacto meio louco, uma viagem à volta do mundo”, expli­cou Lourenço. “Eu, que nunca escrevi três lin­has [de ficção] e tenho um com­plexo absurdo em relação a quem escreve uma história, escrevi, pura e sim­ples­mente, uma volta ao mundo!” Que nunca mais leu. “Não é uma forma de het­eronímia, como a de Pes­soa, é um caso de pos­sessão!”

O seu amigo fez real­mente uma volta ao mundo, em 1954. A com­pan­hia de avi­ação que o des­pediu pagou-lhe uma viagem que imi­tava a de Phileas Fogg, per­son­agem de A Volta ao Mundo em Oitenta Dias, de Júlio Verne. Quando se encon­traram, já tin­ham pas­sado qua­tro anos desde essa viagem e o amigo não se lem­brava de nada. Durante dois anos, Lourenço foi escrevendo por ele.

“Via­gens a Jerusalém, ao Japão, à América do Norte, onde nunca tinha posto os pés. Não há uma palavra que seja de qual­quer exper­iên­cia minha. É a ficção pura. A esse título, sou um grandessís­simo fic­cionista!”, diz o autor, que acha que o texto não tem qual­i­dade literária e, sobre­tudo, não o sente como seu. “Escrevi para ele, escrevi o filme que ele não podia escr­ever. Mor­reu na con­vicção de que aquele livro era dele. Vou agora matá-lo segunda vez?”

Em 1960, o amigo instalou-se em França, em casa de Lourenço. “A minha mul­her já não o podia ver e até começou a pen­sar que havia ali uma relação um pouco sus­peita.” O amigo acabou por ir para uma pen­são. “Ia lá ter com ele e sentava-me à mesa a escr­ever. Ele estava deitado na cama, ria-se e fazia ruí­dos, e eu já estava tão deses­per­ado que lhe disse: ‘Pára lá com isso. Eu estou aqui a ser teu escravo e tu a rires-te.’ E ele respon­deu: ‘É pá’ — ele falava assim como o Vasco Lourenço — ‘há muita gente que tem tipos que escrevem por eles, como o Kennedy.’ Tive um lam­pejo de lucidez e respondi-lhe: ‘Sim, mas aqui o Kennedy sou eu’.”


Os ami­gos de Lourenço acham graça à história e querem reed­i­tar o livro. Ele não quer. “Não quero ser fic­cionista a esse preço.” No entanto, quer que alguém conte a história do que se pas­sou. Almeida Faria já ref­ere o episó­dio no texto A Viagem do Outro, que pub­li­cou na revista Cor­rentes d’Escritas sem iden­ti­ficar os pro­tag­o­nistas. E, se Lourenço autor­izar, assume que gostaria de con­tar “essa história abso­lu­ta­mente incrível, mas verdadeira”.

(Crónica Porque hoje é domingo, de Isabel Coutinho, pub­li­cada na revista 2, em 11 de Março de 2012)

[Via Ciberescritas]

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